Isabella

Isabella (La Pepa)

 Modelo: Ariane Gaisan Maquillaje, peluquería, estilismo y aistencia de fotografía: Dmng Make Up Traje cedido por Sastrería Cornejo. Autora del relato: María Crsitobal Sánchez

Fotógrafo: Jorge Blanco Brotóns
Modelo: Ariane Gaisan
Maquillaje, peluquería, estilismo y aistencia de fotografía: Dmng Make Up Traje cedido por Sastrería Cornejo.
Autora del relato: María Crsitobal Sánchez

La bella Isabella reinaba tras la barra de la Taberna del Puerto. Servía vino a marineros, comerciantes, militares, nobles y plebeyos, moderados, conservadores y liberales. El cabello ondulado y los ojos negros del lindo rostro de Isabella no dejaban indiferente a ningún hombre.

La Taberna del Puerto era un oasis de paz y sosiego en el agitado día a día del Cádiz de aquellos tiempos.  La presencia de Isabella era el bálsamo que calmaba las discusiones políticas, la medicina que curaba los desastres de la guerra. Los hombres entraban allí a tomar un trago mientras contemplaban la perfección de las facciones de ese rostro e intuían, por las curvas bajo su blusa y su falda, su no menos perfecto cuerpo. Una mirada. Una sonrisa. Una palabra. Una caricia. Un sueño. Isabella era un sueño hecho realidad.

—    ¡Pepa, guapa, ponnos de beber!

Pepa. Pepa Jiménez, era como se hacía llamar ahora Isabella. Parisina de nacimiento, llegó a España en plena juventud bajo el protectorado de Melchor Gaspar de Jovellanos, huyendo de la revolución que se vivía en Francia en aquel fatídico 1789. Huía de su desamparo, de su miedo a perder lo poco que le quedaba de la alta posición social heredada de sus padres. Jovellanos, Jovino como le llamaban sus amigos ilustrados, era entonces un hombre maduro, pero Isabella se enamoró perdidamente de él, de su sabiduría, de su saber estar, de su elegancia, de su mesura.

— ¡Voy! ¡Ya voy! –contestaba Isabella desde el otro extremo de la taberna, paseándose entre las mesas, sonriendo a sus clientes, correspondiendo a sus miradas lascivas con miradas provocativas y guiños.

Eran otros tiempos. ¡Cómo había cambiado su vida! No hacía mucho que andaba entre la nobleza como una más. No hacía mucho que, cogida del brazo de su protector asistía a conciertos, teatros y bailes donde conoció a Boccherini, Moratín, Goya, y otros amigos suyos.

La protección paternal de Jovellanos hacia la joven Isabella no le permitía percibir las señales que ella le lanzaba: sus miradas, sus gestos, el contoneo de sus caderas, sus ceñidas blusas y sus generosos escotes. Isabella disfrutaba de aquel juego. Era algo nuevo para ella. Su sexualidad despertaba día a día, experimentando placenteras sensaciones hasta entonces desconocidas. Hubo un antes y un después cuando Goya le pidió que posara desnuda para él. Al contemplar aquel cuadro Jovellanos descubrió a la mujer que se ocultaba tras la joven a la que había prometido rescatar de su desamparo. Y desde aquel momento, nunca dejó de amarla.

El relato completo lo encontrarás en el libro Con placeres . Más información sobre cómo y  dónde adquirir el libro en solicos.relatos@gmail.com y en Facebook

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